Saturno devora.

January 11'th 2016 10:45:11 pm

Sentados en la cama destendida se miraron largamente en el espejo de la cómoda frente a ellos. Su palidéz semidesnuda a la escasa luz de una lámpara cubierta con una camisa negra para atenuar su brillo. Sus cuerpos esbeltos y demacrados, sus ojos enrojecidos, hinchados, ojerosos. Sonrientes bolsitas diminutas en las que a penas cabe un suspiro, o acaso un hada, regadas en la cama y la alfombra, vacías. Latas de vodka barato con colillas dentro, aplastadas en la cómoda. Se daban un beso con sabor a alcohol, a sexo y a tabaco frío, un beso de labios secos, pegajosos, de lenguas escaldadas y dolientes. Se acariciaban con manos grasosas y sudadas. No les importaba.
Llevaban todo el día ocultos en ese cuarto de motel, esperando el momento propicio de salir y continuar la huída que debía ser siempre de noche. Habían logrado escapar un día más. Varios kilómetros. Un escondite diferente y hermético cada día de su trayecto, hacia el poniente siempre.
Ella se levantó, él la miraba, tratando de adivinar lo que conocía bien bajo el encaje de su lencería, mientras ella desprendía la cinta que sellaba la cobija que hacía de cortina y la apartaba levemente para asomarse con discreción y temor. -Creo que ya es seguro salir- Él se levantó, caminó hacia ella, acarició y abrazó su cintura mientras se asomó, también con cautela, para corroborar si era buen momento. La calle estaba desierta. Era casi media noche. Se vistieron a prisa y salieron del cuarto. Bajaron con sigilo las escaleras. Las lámparas del estacionamiento emitían un zumbido permanente y en torno a cada una de estas revoloteaban torpes y frenéticos insectos de todo tipo, fascinados por la luz verdosa. Ella sintió desprecio y asco. Se ajustó el gorro de la sudadera para no ver más la escena que le enfermaba. Lo esperó en el auto mientras él fue a pagar el cuarto y devolver la llave, pronto estuvo de vuelta. El auto arrancó con un ronco rugir de combustión y tomaron la carretera, siempre hacia el poniente.
Viajaban por la libre. Cada hora miraban con mayor temor el reloj.
Para las 4 am estaban en una parte semi desértica atravesada por la carretera, según el mapa faltaban solo 180 kilómetros para el poblado más cercano, que estaba adelante de una vía de tren que atravesaba la carretera. Él aceleró, era el único modo de llegar a tiempo a guarecerse en el primer motel que encontraran. La recta parecía interminable. Y el tiempo había avanzado veloz.
Ella miró el retrovisor y pudo advertir un resplandor lejano. -¡Ahí viene! -dijo con una voz que se le quebró a media frase. -¡Ahí viene! -repitió esta vez con un tono desesperado y suplicante. Él miró la hora, eran las 6:07, por la hora era seguro que venía. No podía ser, lo habían logrado evitar por días. Pisó el acelerador. La carrocería y los cristales entonaban un inarmónico lamento que anunciaba desgracia. A las 6:20 estaban a un kilómetro de la vía del tren, que se veía también a lo lejos. Esta vez pisó el acelerador hasta el fondo, sin notar aumento de velocidad. El auto estaba ya a toda marcha, bufaba y gemía como un caballo al galope, a punto de reventar. Tenían que ganarle al tren, solo así, tal vez, podrían lograrlo.
Cruzarían las vías antes que el tren, era seguro. Una leve esperanza los comenzaba a iluminar cuando, justo al cruzar, algo hizo que el auto volcara de frente. Abruptamente. Violentamente. El auto quedó de cabeza, apuntando a la dirección de la que huían.
Enseguida pasó el tren estridente e imparable frente a ellos. Los contenedores desfilaron largamente, como indiferentes ante lo atroz de la escena.
Las ruedas traseras del auto aún giraban como las patas de un venado despavorido al que recién se ha herido mortalmente. Adentro, los deformes, sangrantes e inertes cuerpos de los prófugos amantes fueron finalmente alcanzados por su implacable persecutor: la primera luz del alba.


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