El triunfo de las armas

July 21'st 2011 06:58:18 pm

¿Alguna vez fui hombre libre, hombre civil? Hoy esas palabras suenan ajenas y hasta absurdas; tras una guerra larga, tal vez demasiado, han perdido su valor y su significado. Las balas mataron por igual a la gente, a la memoria y al sentido...

El objetivo comenzó siendo algún país enemigo, ya nadie recordaba desde hace mucho, pero es lo que decían. Cuando las taladrantes ametralladoras estaban por concluir su misión, otro enemigo apareció, un enemigo sin nombre y sin rostro, y los gatillos se activaron con renovada fuerza. Cazaron al enemigo sin rostro, lo buscaron en cada calle, en cada casa, en cada bosque y en cada cueva. Y lo encontraron. Así fue como muchos miles perecieron, dando nombre y rostro cadavérico al inexistente enemigo inventado.

Los deudos de niños alcanzados por balas perdidas fueron los primeros en notar, desde su perspectiva de sufrimiento, el nulo rostro de aquél enemigo, y descubrieron que era quien simulaba defenderlos el verdadero adversario. Tomaron  entonces éstos las armas y sin saber del todo cómo usarlas, dispararon contra el recién descubierto farsante, quien a su vez devolvió los tiros y redobló las muertes; mostró su verdadero rostro y soltó la marioneta para tener ambas manos libres y eficientar su masacre.

Indignados espectadores tomaron también parte en el combate y más muertes se fueron añadiendo a la ya interminable lista -que nadie nunca realizó-. Armas lustrosas fueron arrojadas desde helicópteros para la defensa. Dentro de la confusión del fuego y la sangre se mantuvo siempre ignorada la identidad de aquel dios que hacía llover armas.

Pasaron los años y los hombres no bastaron para acabar al oponente; el poderoso seguía defendiéndose y al otro lado de la trinchera, las armas y las municiones no faltaban, lo que faltaba eran combatientes. Pronto mujeres, luego niños fuimos protagonistas de estas guerras. Matamos y vimos morir por causas que ya nadie explicaba. Nadie necesita explicaciones cuando existe la palabra enemigo.

Cuando exterminamos al rival, las armas seguían lloviendo y nos pareció una revelación: era ese dios de los helicópteros y las armas, y las relucientes balas, el nuevo enemigo. Disparamos contra él, no sin recibir balas en respuesta. Una vez más sangre y fuego retomaron fuerza.

Para cuando terminamos con ese dios, nos descubrimos viejos e inútiles para cualquier otra cosa, y nuestra naturaleza bélica fue el único pretexto para iniciar la guerra entre nosotros. La última guerra.

Hoy, exhausto, recargado contra un árbol en la cima de una colina, veo arder los restos del último campo de batalla. Ya no quedan enemigos, no los he visto en días y me aseguro que soy el último sobreviviente de esta mal llamada  raza humana. Ahora que tengo un momento, por vez primera en la vida, para pensar; trato de resolver quién fue el verdadero triunfador de esta guerra eterna. Acaso yo mismo. O el arma en mi mano... Vienen a mi mente los rostros de todos mis enemigos muertos. Al final aparece mi propio rostro, y mi mano, mecánicamente, sabe cumplir cabalmente su última tarea.

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