La muerte e importancia de Julián.

March 25'th 2012 07:49:01 pm


Cualquiera pensaría que después de un cuarto de siglo en esta Tierra una persona habría ya experimentado todas las emociones existentes, sin embargo hoy descubrí otra. Parece encajar con aquella que ustedes llaman remordimiento.

¡Julián está muerto! -No, la voz pasiva es muy... ehm... pasiva.- ¡Yo maté a Julián! -Aún falta algo.- ¡ Yo maté a Julián y me enorgullecí! La vista de aquellos, azules y brillantes, ojos apagándose frente a los míos me causó una satisfacción indescriptible. No fue la primera vez que mataba a alguien tampoco la primera que mataba a un niño; fue la primera vez que maté por impulso.  

Hoy, bajo esta nueva luz, trato de encontrarle sentido a su muerte; me parece que fue un acto egoísta.  


Como ya sabrán, yo pretendo crear arte. Aquel infame día estaba terminando una, particularmente emotiva, pieza. Bajo cualquier parámetro, estaba completa. Yo lo sabía y aún así no quería que lo estuviera. Me sentía vacío, impotente. ¡No podía terminar así! Busqué frenéticamente cómo llenar ese vacío. Fue entonces que lo encontré. Su carita reflejaba la genuina inocencia de quien desconoce sus pecados, y sus ojos, sus azules ojos. Aquellos ojos parecían hipnotizarme. Poco a poco, todo lo que había en mi rededor fue desapareciendo: su carita inocente, su sonrisa confiada, y mi obra. La pieza donde había vertido mi alma desapareció dejando solamente esa sensación de vacío, y los azules ojos de Julián.  

Carentes de rostro, esos brillantes ojos perdieron su inocencia. Esos azules ojos personificaron el vacío en mí, la destrucción de todo mi mundo ¡De todo lo que amaba!  

En un berrinche digno de mi víctima, terminé con su vida pero aquel vacío no cedía. Asesiné a Julián, y terminé con todo su mundo, y arruiné la vida de sus padres, y asesiné a sus padres. Cuando por fin amainó mi arrebato, torné a mi obra. Estaba terminada.

Hoy, con remordimiento, me doy cuenta: aquel vacío, aquella impotencia que yo con tanto orgullo erradiqué, era mi obra.  

Quizá deba resucitar a Julián. 
Dios es discordia.
Abel, mi felicidad.
Caín decidió.
Javier
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La esfera de cuarzo

March 22'nd 2012 10:55:22 pm

Caminó con prisa pero con sumo cuidado hacia su escritorio de ébano. Era el día más importante de su vida, por fin había logrado pulir la última y más pequeña esfera de cuarzo negro, con ella completaría el lente de 7 esferas de cuarzos de diferentes colores, que, sucedidas unas de otras en el orden y la distancia correctos, conformarían el microscopio más potente que se hubiera conocido. Su mano sudorosa pero firme, posó la pequeña esfera negra en el compartimento vacío que la esperaba. Se sentó frente a su recién terminado aparato. A pesar de la gran expectativa que le causaba probar su nuevo invento por vez primera, quería que todo fuese perfecto. La habitación estaba poco iluminada así que fue a abrir las cortinas del gran ventanal que estaba a espaldas del escritorio; no le importó mucho la espléndida y apacible vista del pueblo: el cielo de azul intenso, el campanario de tejas rojas con la veleta de gallo y las montañas nevadas al fondo; su mirada nublada de pensamientos de toda índole científica y egoísta. Caminó de regreso al escritorio. Sacó su pañuelo rojo del bolsillo lateral de la bata que yacía en el respaldo del asiento, secó sus manos, su frente y su cabeza, ya entrada en calvicie. Dejó el pañuelo sobre el escritorio a un lado del microscopio. Se frotó las manos con emoción y se asomó al lente. Una imágen borrosa le recordó que tenía que realizar los últimos ajustes de distancia entre las esferas que fungían como lentes que amplificaban la imágen sucesiva y potencialmente. Con impaciente y forzada delicadeza realizó los giros precisos. Y ahí estaba la imágen. El portaobjetos vacío era en sí mismo un mundo maravilloso, las partículas que conformaban la estructura del fino vidrio, danzaban de un lado a otro y parecían desaparecer y reaparecer tan velozmente que era casi imperceptible su desplazamiento. Un escalofrío de emoción recorrió su espalda y lo hizo sacudirse. Su boca se inundó de saliva como excitada al sabor de la gloria que sus colegas científicos le rendirían en merecido homenaje. El cristal portaobjetos era fascinante pero no quería escribir notas acerca de un pedazo de vidrio, quería un objeto qué observar. Apartó con gran esfuerzo su mirada del lente hipnótico que le transportaba a la dimensión de la miniatura. Buscó sobre el escritorio pero sólamente había un lápiz, un cuaderno de notas y el pañuelo; nada realmente interesante. De pronto su mirada tropezó con uno de sus cabellos que se había quedado entre las fibras del pañuelo: su primer objeto de estudio había aparecido. Lo tomó con cuidado y lo posó sobre el portaobjetos. Se asomó y una vez más quedó cautivado con el microuniverso que su invento proporcionaba. Estructuras atómicas de diversa índole saltaban a la vista. Ajustó la distancia entre las esferas para acercarse más a un átomo en específico. Con sorpresa, encontró que la potencia de su invento era inimaginada aún para él mismo; estaba en lo profundo del núcleo de un átomo; las partículas ahí dentro se organizaban con un orden perfecto; al igual que las del átomo, poseían jerarquías entre sí. Una partícula central con otras girando en torno suyo. Esta vez no fué el núcleo, sumamente luminoso éste, lo que cautivó su atención sino una de las partículas subordinadas que lo orbitaban. Una vez más ajustó las esferas para enfocar dicho punto. Se sintió abrumado por la imágen que saltó a su vista; dicho objeto estaba como infestado de manchitas negras que crecían y se desplazaban sin control, como hormigas, lo observó un rato y le horrorizó la idea de una plaga habitando su cabello. Sin apartar la vista del lente, se rascó la nuca como en un reflejo por deshacerse de los insospechados inquilinos. Una vez más ajustó la distancia entre las esferas para ver más de cerca. Efectivamente, era una plaga de pequeños seres que parecían estar en grupos organizados. La terrible idea de una microscópica conspiración en su contra le cruzó por la mente y cegado por el pánico, tomó automáticamente el lápiz que estaba sobre el escritorio, acercó la punta al portaobjetos mientras con la mano libre ajustaba nuevamente las esferas para mirar de cerca a sus diminutos enemigos. Pudo divisar uno de sus asentamientos. Aún la afilada punta del lápiz era demasiado burda para las dimensiones que observaba pero no le importó; en un arranque arrasó con el asentamiento. Disfrutó para sus adentros el sonido imaginario del caos que propiciaba su intervención. Las memorias de la infancia de lupas y hormigas se reflejaron inconscientemente en su frenesí destructivo. No conforme con causar caos, decidió acercarse un poco más para ver perecer de cerca a sus víctimas. No dejaba de raspar los asentamientos con el grafito mientras con la otra mano hacía los ajustes pertinentes. El enfoque dió en un sitio despoblado, con elevaciones de puntas blancas como... De pronto reconoció la silueta de un gallo negro parado sobre una flecha. Un montón de tejaditos rojos... El ruido del ventanal cayéndose a pedazos a sus espaldas fue el detonador de una profunda revelación que habría alcanzado a comprender de haber contado con un segundo más de vida.

El hombre decidió adornar sus gruesos labios, a los que nunca faltaba una sonrisa, con el barril de su revólver.
No recuerdo cómo se siente la felicidad. -Pensó mientras halaba del gatillo.
Javier
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