La primera cita

February 16'th 2014 08:39:54 pm

Las ventanas del dormitorio gradualmente comenzaron a dejar pasar luz. Eran las ocho en punto y Alejandro –ayudado por la activación automática de algunas glándulas– despertó en silencio total. Miró por la ventana y recordó, inesperadamente, a Martha antes de dirigirse a la cocina donde le esperaban su café matutino y la receta del desayuno. "¿No habrá tocino el día de hoy? –pensó decepcionado– Debo tener el colesterol alto de nuevo". Mientras desayunaba, revisando desinteresadamente las noticias del día, se encontró recordando de nuevo a Martha. Si la última semana era un buen indicativo, repetiría esto incontables veces a lo largo del día.

Un sorbo más al café. "Debo encontrar aquella mezcla que me recomendó Martha". Un bocado más del desayuno. "Quizá si la invito al restaurante del que habló, aceptará". El desayuno se enfrió mientras Alejandro buscaba, sin éxito, el valor para tomar el teléfono y llamar a Martha. "Quizá la volveré a encontrar si…". Su pensamiento fue interrumpido abruptamente por la noción de que estaba soñando. La pantalla que tenía enfrente se había cubierto con la cara más hermosa que recordaba haber visto y un nombre: Martha. Le tomó unos segundos convencerse de que no estaba soñando; tiempo suficiente para colorear con tonos de vergüenza y preocupación la sonrisa que iluminaba aquella pantalla.

Esa misma noche, se encontraba esperándola en el bar del restaurante que habían convenido. Miró la pantalla en su pulsera; "parece que llegará en punto" pensó Alejandro evitando la mirada del encargado que le urgía pedir una bebida; no quería tener aliento alcohólico cuando por fin se encontraran. Después de los diez minutos más largos que había contado, y una vibración en su muñeca avisando que Martha estaba en la puerta del lugar, Alejandro se acercó a recibirla. Fue un momento incómodo; Alejandro se detuvo en seco en el momento que sus ojos se encontraron, ella titubeó un momento y caminó el resto del camino que los separaba, él trató de hablar pero descubrió que su boca estaba seca, extendió su mano en el mismo momento que ella se acercó para abrazarlo, los dos trastabillaron dando un paso atrás, ella casi tira a un mesero, él sintió una vibración específica en su muñeca avisándole que su ritmo cardiaco estaba elevado, hizo un gesto para que lo siguiera a la mesa pero ella estaba mirando hacia otro lado tratando de disimular el rubor en sus mejillas, él no se dio cuenta de eso hasta después de haber dado tres pasos, volvió para encontrarla confundida.

–Permítanme mostrarles su mesa. –Anunció divertido el empleado del restaurante. Ambos lo siguieron evitando cruzar miradas. "Soy un estúpido" pensaba Alejandro "después de este espectáculo, tendré suerte si quiere terminar la cena."; inesperadamente, sintió la delicada mano de ella tomando la suya. Se sintió mareado por un par de segundos, toda su sangre parecía haberle huido a la cabeza; exhaló por primera vez desde que le tomaron la mano. No encontró el valor para voltear a buscar los ojos de Martha; de haberlo logrado, se habría dado cuenta de que ella también evitaba los suyos.

Después de caminar durante medio minuto, Alejandro se preguntaba cómo había podido vivir durante treinta y dos años sin aquella mano tomando la suya; los largos, delgados y suaves dedos de Martha ejercían una ligera presión en su mano que se sentía tan natural como el respirar… e igual de imprescindible. Sin pensarlo dos veces, volteó para robar una mirada del rostro de Martha pero encontró que sus ojos habían tenido la misma idea; ambos sonrieron y sus pulseras emitieron la misma vibración desapercibida para sus muñecas, también pasó desapercibido que su guía se había detenido hasta que tropezaron con él; ambos soltaron carcajadas sin hacer lo mismo con sus manos.

La cena transcurrió rápidamente. Alejandro y Martha parecían conocerse de toda la vida; la conversación parecía interminable hasta que el gerente del restaurante se disculpó, informándoles que era hora de cerrar. Alejandro ofreció escoltarla en la caminata hacia su casa, puesto que ya era tarde, a lo que Martha accedió casi inmediatamente; ambos parecieron olvidar, o quizá ignoraron deliberadamente, que habían manejado al restaurante.

Ya amanecía cuando llegaron, tomados de la mano, a la puerta de Martha quien, sonrojándose un poco, invitó a Alejandro para darle a probar la mezcla de café de la que tanto había alardeado. Alejandro sonrió, la tomó de la cintura y se sentó con ella afuera de la puerta mirando el amanecer. Ninguno habló; observaban la belleza del amanecer como si fuera el último que disfrutarían. Cada color parecía el más vibrante que habían visto, el juego de brillos rojos y anaranjados reflejados en las ventanas parecía bailar con las que se tornaban transparentes para despertar a sus habitantes, las largas sombras de los edificios apuntaban a la pareja como si todo este espectáculo fuera para ellos; el sol asomó por encima de los edificios y ambos voltearon hacia el otro para proteger sus ojos de la luz. Alejandro encontró algo más bello que el amanecer en las facciones de Martha iluminadas por su luz, apretó ligeramente la cintura de ella y la besó. Ella lo besó de vuelta mientras se levantaba y abría la puerta principal. Entraron al dormitorio de Martha sin reparar en la ventana transparente e hicieron el amor hasta alcanzar el éxtasis juntos. En ese momento toda la luz pareció extinguirse y en la obscuridad se abrazaron.

Martha despertó a lado del aún durmiente Alejandro en un cuarto obscuro, se preguntó qué hora sería y la pantalla de su dormitorio le indicó que aún era de mañana, pensó en activar la ventana y nada ocurrió; fue entonces cuando volteó a la transparente ventana y se dio cuenta de que el sol se había extinguido. Asustada, despertó a Alejandro quien no reparó en la obscuridad por ver su cuerpo desnudo sacudiéndolo; se dio cuenta del pánico que la invadía hasta que intentó besarla.

La pantalla les informaba que, en efecto, el sol se había extinguido y nadie podía dar una explicación certera. Alejandro trató de calmar a Martha recordándole que no tenía dos décadas desde que los combustibles fósiles se habían agotado y lograron salir adelante, que sus bis-abuelos habían vivido el cambio climático y lograron salir adelante.

–Somos los seres más inteligentes del planeta y, por todo lo que sabemos, del universo. Tenemos electricidad, calefacción, hidroponía, carne clonada. Te prometo que saldremos adelante. –Martha simplemente se refugió en sus brazos.

Ese mismo día comenzaron los apagones; el 60% de la energía producida era de origen solar. La tierra se enfrió rápidamente y los vientos cesaron de producir energía eólica. Sin energía, tomó menos de una semana en extinguirse toda la vida sobre el planeta.


Parece que ya está listo el pan.

Al precipicio

February 8'th 2014 09:55:19 am

Cada año la humanidad acelera su paso hacia el precipicio. Un día de estos se nos termina el suelo a todos.

La humanidad comenzó menos que gateando; reptando, crepitando, como las critaturas innobles del mundo. La ambición desmedida y ciega que nos caracteriza, nos levantó del suelo. Medio jorobados y velludos, nos fuimos incorporando. Dimos la espalda a soportar las hostilidades de la naturaleza, nos sentimos muy dignos y muy merecedores de la comodidad que, una vez obtenida no fue suficiente. No bastaba la comodidad, buscamos la apatía absoluta, regresar al vientre materno donde no nos preocupásemos de nuevo por comer o respirar o sentir frío o miedo. Inspirados en la bestia, buscamos replicarla, hacer esclavos inmortales: máquinas. una vez que lo conseguimos no fue suficiente, la máquina tenía que ser más grande, más fuerte, más resistente, más inteligente. Aun más inteligente que nosotros.

La humanidad corre hacia el precipicio, montada en su máquina de sueños, que le ha de traicionar en el aire; a media caída se ha de convertir en lastre, que acelere y amplifique la velocidad, asegurando que la aniquilación sea total.

Soy la hierba que crece en la banqueta.
Soy la célula que se resiste al cáncer.
Soy el corazón en el pecho del suicida, latiendo con toda su fuerza.
Fiel a la Vida, hasta nuestro último paso al precipicio.
Apocrifo
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