Ser

February 22'nd 2016 09:22:03 am

Sentado al pie de un árbol. Solo. Con la espalda bien erguida y la mirada serena.
Contempló una última vez el hermoso y apacible paisaje que se presentaba frente a él. Una última vez antes de cerrar los ojos para introducirse en la más profunda meditación, la más profunda y misteriosa de todas. Sabía que era la última vez que miraba aquel paisaje, al menos de esa forma. Dijo adiós y sonrió levemente. Juntó las manos frente a su pecho.
Cerró los ojos. Armonizó su respiración con la gran respiración universal. Cantó tres largos Aum en la vibración común de todas las cosas.
Inmediatamente entró en un profundo trance. Primero, obscuridad y silencio totales. Luego de un lapso incalculable sintió que se comprimía, que su piel se transformaba en piedra, que su piel y sus músculos se tensaban al máximo, que sus huesos pesaban más, que se compactaba dentro de sí mismo hasta que se convirtió en un brillante hilo de luz blanca que ascendía lentamente desde el hueso sacro hasta la coronilla, pasando por los siete puntos, acumulando y comprendiendo en cada uno de ellos todas las experiencias vividas en ese cuerpo. Su última sensación física fue la de estar atravesando largamente su cráneo hasta salir a la superficie.
Entonces pudo contemplar el paisaje, el mismo que miró antes de cerrar los ojos: la selva verde y hermosa, nunca más verde y más hermosa, y justo debajo yacía inmóvil un humano sentado con las palmas juntas frente al pecho y los ojos cerrados, comprendió que su verdadero nombre era Soy. Y aquél que yacía sentado bajo la ceiba, era simplemente un Yo. Lo contempló largamente y se sintió dichoso y agradecido de haber sido alojado en ese Yo y de ahora estar liberado y por fin Ser. Solo Ser.
El Ser ascendió con una perspectiva de todo lo que dejaba a su paso; el mundo hermoso, como una joya viva de distintos colores. Supo y comprendió todo lo humano y el por qué de la vida. Veía todo lo que tenía por delante, la obscuridad del espacio. Sabiendo por completo hacia dónde se dirigía, sin dudas ni miedos. Se dirigía al núcleo de Todo. Primero viajó hasta el Sol donde sintió todos los placeres de la vida, todo el amor y toda la dicha, la fuerza, la vitalidad, se llenó de luz y de gozo, y comprendió todo el sistema. Así pasó por todos los soles de la galaxia y los del universo, en un espiral ascendente, infinito y eterno en el que se sentía crecer más, brillar más, saber más y Ser más.
Hasta que llegó al último inmenso Sol del Universo, el que guía el espiral de todas las galaxias a través de la eterna oscuridad que le rodea. Y se hizo uno con el Sol Central del Universo; inmenso y todopoderoso y todoamoroso. Pudo entonces detenerse una eternidad en la punta de la espiral y contemplar bajo Sí, toda la creación, la perfecta creación en balance, la sublime danza de la vida y de la muerte, todo a máximo detalle, confluyendo, con todo el conocimiento de todas las cosas simultáneamente, comprendiendo que Todo Es Ser. Excepto lo que No.
Pero de pronto hubo una duda: ¿quién Soy? Entonces sintió que algo más grande Le contenía porque Nada es más grande que el Ser. Y dejó de percibir el espiral del Universo que Es y se concentró en el centro, que era todo negro y vacío. Y sintió en Sí un inmenso tamaño, todo el peso que había acumulado indudablemente lo jalaba hacia abajo, a caer en el vacío que contiene a Todo. Se dejó caer. Arrastrando tras de Sí todo el espiral del Universo que Era.

Todo obscureció.

Nada tuvo sentido.

El vacío, la incertidumbre, el miedo, el dolor, la desolación, la tristeza, la ira, el odio y la muerte comenzaron a destruirlo, reduciendo rápidamente la masa de luz que Fue. Caía imparable al vacío y tuvo miedo de dejar de Ser. Su luz se fué diluyendo toda entre la omnisciente obscuridad. Hizo un enorme esfuerzo por concentrarse, por concentrar todo el Ser, todo el conocimiento del Ser y todo el Amor del Ser; y se convirtió de nuevo en un hilo que, aunque menos rápido, seguía degradándose al caer.
Su miedo se comenzó a transformar en fervor, en genuinas ganas de Ser, aunque el vacío le tragase para siempre, quería Ser, estaba seguro de ello. Se comprimió en una sóla partícula de luz concentrada toda en la idea de Ser.                 Sí.
...Y tocó por fin el fondo del vacío.
Un silencio eterno en el fondo del vacío.
No cupo otra cosa en la partícula de luz que la intención pura, fija y única de Ser.
Así, a oscuras y en silencio, alojado una eternidad en el vientre maternal de la Nada. Concentrado Todo en Sí.
Y dentro del silencio y obscuridad absoluta de la Nada, surgió algo como un grito: "¡Sea la Luz!"
Y hubo un Gran Estallido.

Abrió los ojos y miró sus manos aún juntas frente a su pecho, gozó cada palpitación de su corazón, gozó su respiración, llenándole de vida que fluía gloriosa en su interior, y la verdadera belleza de la selva frente a Sí, y lloró largamente de gratitud.

Saturno devora.

January 11'th 2016 10:45:11 pm

Sentados en la cama destendida se miraron largamente en el espejo de la cómoda frente a ellos. Su palidéz semidesnuda a la escasa luz de una lámpara cubierta con una camisa negra para atenuar su brillo. Sus cuerpos esbeltos y demacrados, sus ojos enrojecidos, hinchados, ojerosos. Sonrientes bolsitas diminutas en las que a penas cabe un suspiro, o acaso un hada, regadas en la cama y la alfombra, vacías. Latas de vodka barato con colillas dentro, aplastadas en la cómoda. Se daban un beso con sabor a alcohol, a sexo y a tabaco frío, un beso de labios secos, pegajosos, de lenguas escaldadas y dolientes. Se acariciaban con manos grasosas y sudadas. No les importaba.
Llevaban todo el día ocultos en ese cuarto de motel, esperando el momento propicio de salir y continuar la huída que debía ser siempre de noche. Habían logrado escapar un día más. Varios kilómetros. Un escondite diferente y hermético cada día de su trayecto, hacia el poniente siempre.
Ella se levantó, él la miraba, tratando de adivinar lo que conocía bien bajo el encaje de su lencería, mientras ella desprendía la cinta que sellaba la cobija que hacía de cortina y la apartaba levemente para asomarse con discreción y temor. -Creo que ya es seguro salir- Él se levantó, caminó hacia ella, acarició y abrazó su cintura mientras se asomó, también con cautela, para corroborar si era buen momento. La calle estaba desierta. Era casi media noche. Se vistieron a prisa y salieron del cuarto. Bajaron con sigilo las escaleras. Las lámparas del estacionamiento emitían un zumbido permanente y en torno a cada una de estas revoloteaban torpes y frenéticos insectos de todo tipo, fascinados por la luz verdosa. Ella sintió desprecio y asco. Se ajustó el gorro de la sudadera para no ver más la escena que le enfermaba. Lo esperó en el auto mientras él fue a pagar el cuarto y devolver la llave, pronto estuvo de vuelta. El auto arrancó con un ronco rugir de combustión y tomaron la carretera, siempre hacia el poniente.
Viajaban por la libre. Cada hora miraban con mayor temor el reloj.
Para las 4 am estaban en una parte semi desértica atravesada por la carretera, según el mapa faltaban solo 180 kilómetros para el poblado más cercano, que estaba adelante de una vía de tren que atravesaba la carretera. Él aceleró, era el único modo de llegar a tiempo a guarecerse en el primer motel que encontraran. La recta parecía interminable. Y el tiempo había avanzado veloz.
Ella miró el retrovisor y pudo advertir un resplandor lejano. -¡Ahí viene! -dijo con una voz que se le quebró a media frase. -¡Ahí viene! -repitió esta vez con un tono desesperado y suplicante. Él miró la hora, eran las 6:07, por la hora era seguro que venía. No podía ser, lo habían logrado evitar por días. Pisó el acelerador. La carrocería y los cristales entonaban un inarmónico lamento que anunciaba desgracia. A las 6:20 estaban a un kilómetro de la vía del tren, que se veía también a lo lejos. Esta vez pisó el acelerador hasta el fondo, sin notar aumento de velocidad. El auto estaba ya a toda marcha, bufaba y gemía como un caballo al galope, a punto de reventar. Tenían que ganarle al tren, solo así, tal vez, podrían lograrlo.
Cruzarían las vías antes que el tren, era seguro. Una leve esperanza los comenzaba a iluminar cuando, justo al cruzar, algo hizo que el auto volcara de frente. Abruptamente. Violentamente. El auto quedó de cabeza, apuntando a la dirección de la que huían.
Enseguida pasó el tren estridente e imparable frente a ellos. Los contenedores desfilaron largamente, como indiferentes ante lo atroz de la escena.
Las ruedas traseras del auto aún giraban como las patas de un venado despavorido al que recién se ha herido mortalmente. Adentro, los deformes, sangrantes e inertes cuerpos de los prófugos amantes fueron finalmente alcanzados por su implacable persecutor: la primera luz del alba.

Terremoto en la ducha

July 2'nd 2014 09:45:59 pm

Habían pasado 5 minutos dentro del cuarto de baño, se respiraba una atmósfera húmeda y caliente de vapor con aroma a jabón y champú.

 Se acababa de poner el champú en el cabello y lo dejaba actuar según las indicaciones inscritas en el reverso del envase. Con los ojos cerrados, se frotaba la axila con la esponja cuando sintió el primer tremor. Creyó que era un mareo. Una segunda sacudidá le hizo perder estabilidad y caer de rodillas, asegurándole que era un terremoto. Abrió los ojos y unas gotas de agua jabonosa le escurrieron a los ojos. Comenzó un ardor intenso y cegador. Era, indudablemente, el peor escenario que se le podía ocurrir para estar durante un terremoto.

Tentando a ciegas para agarrarse de algo, jaló la rejilla que contenía los implementos de ducha. Escuchó caer el cepillo para la espalda, el champú, acondicionador y luego el jabón, que efectuó una frenética danza en el reducido espacio para chocar finalmente con su rodilla y deslizarze hacia la coladera, tapándola parcialmente. Sentía encima el chorro de la regadera, agitándose a los lados, bañándole en zigzag la cabeza y los hombros con un agua que, en ese momento, juzgó quemante. Escuchó la taza con su cepillo dental estrellarse contra el suelo y pudo diferenciar entre el sonido de la cerámica esparciéndose y el sordo sonido del cepillo plástico.

Hizo mentalmente un croquis de lo que le esperaba en el camino, las cosas que había escuchado caer en el baño, las que estorbarían su camino en la recámara; imaginó aquél retrato sobre la cómoda, estrellado en el piso, junto a los cosméticos y botellas de perfume unas rotas y otras no. Imaginó la escoba tirada a la mitad de la sala obstruyéndole el paso.

Abría los ojos rápida y esporádicamente para sacar una instantánea que le sirviera de referencia para encontrar su camino hasta un lugar seguro. Un crujido que adivinó en el azulejo del baño le hizo consciente de lo inminente de su escape. Se incorporó y parpadeó varias veces para referenciarse del camino. Tomó su bata y como pudo se la envolvió encima para cubrir su desnudéz. Le tomó por sorpresa el escalón de salida del baño. A ciegas sorteó con buena fortuna el imaginado caos de cosméticos y perfumes frente a la cómoda.  El ardor en los ojos era insoportable, o al menos eso le parecía en el momento en que su cabeza chocó contra el marco de la puerta que comunicaba la habitación con la sala y quedó inconsciente.

Al volvér en sí estaba de espaldas con los pies frente a la puerta abierta que daba a la sala. Le sorprendió que todo en la habitación estaba tal como lo había dejado antes de entrar a bañarse; lo mismo pudo constatar con lo que alcanzó a ver de la sala y el resto del departamento. Escuchó la regadera, que seguía abierta, y se dirigió al baño. Del escalón escurría una pequeña cascada que moría silenciosamente en la alfombra, haciendo crecer lentamente una mancha de humedad. Al entrar, lo primero que vió fue la taza del cepillo hecha pedazos en el piso. Luego miró el espejo frente al lavabo, estaba ladeado y roto de la esquina, su reflejo le reveló que de alguna manera había metido la cabeza en la manga de su bata, había amarrado el cordón a su cintura dejando al descubierto su seno y su pierna, todo su costado izquierdo. Sus ojos estaban dramáticamente rojos, su cabello era un desastre con restos de espuma. No pudo más que llorar con risa en una mezcla entre desconcierto, asombro y gratitud de estar viva. El terremoto sólamente había ocurrido en su baño.

La joya

April 16'th 2014 06:18:58 am

Soy un ladrón, lo admito. Que me condenen si es preciso.

Alevosamente, sabiendo que pertenecía a otro, la tomé, la sustraje de su domicilio mientras él no estaba. Ya la había mirado con deseo antes pero el recato por saberla de otro me impedía tomarla.

Traté de controlarme lo más que pude, pero ¿quién se resiste a lucir consigo una joya tan perfecta y tan brillante?. La lucí conmigo en la calle, y me sentí importante por una vez en la vida, gocé la envidia en los ojos de los paseantes en la plaza y gocé su fulgor deslumbrando desde mi pecho. Mas siempre hubo un fin, siempre la regresé con cuidado a su lugar porque es sabido que alguien como yo no puede lucir una joya; porque simplemente es inaceptable llevar una joya cuando no la mereces, cuando no es tuya, cuando no la has ganado. Incluso la joya repele a quien no la ha de poseer y de alguna forma uno no cuadra con la otra y es evidente que no pertenecen uno al otro.

Cierro los ojos y recuerdo su brillo y sus colores.

Admito que robé, robé para acariciarla, portarla, abrazarla y soñarme con ella para siempre en las mágicas noches que deseé interminables. No la robé en realidad a ella, la tomé prestada. Fue a él a quien robé noches completas en que él no la quiso y la dejó en casa, descuidada y sola; imaginando ser deseada con el delirio que sólo un pobre diablo puede tener por una joya.


La primera cita

February 16'th 2014 08:39:54 pm

Las ventanas del dormitorio gradualmente comenzaron a dejar pasar luz. Eran las ocho en punto y Alejandro –ayudado por la activación automática de algunas glándulas– despertó en silencio total. Miró por la ventana y recordó, inesperadamente, a Martha antes de dirigirse a la cocina donde le esperaban su café matutino y la receta del desayuno. "¿No habrá tocino el día de hoy? –pensó decepcionado– Debo tener el colesterol alto de nuevo". Mientras desayunaba, revisando desinteresadamente las noticias del día, se encontró recordando de nuevo a Martha. Si la última semana era un buen indicativo, repetiría esto incontables veces a lo largo del día.

Un sorbo más al café. "Debo encontrar aquella mezcla que me recomendó Martha". Un bocado más del desayuno. "Quizá si la invito al restaurante del que habló, aceptará". El desayuno se enfrió mientras Alejandro buscaba, sin éxito, el valor para tomar el teléfono y llamar a Martha. "Quizá la volveré a encontrar si…". Su pensamiento fue interrumpido abruptamente por la noción de que estaba soñando. La pantalla que tenía enfrente se había cubierto con la cara más hermosa que recordaba haber visto y un nombre: Martha. Le tomó unos segundos convencerse de que no estaba soñando; tiempo suficiente para colorear con tonos de vergüenza y preocupación la sonrisa que iluminaba aquella pantalla.

Esa misma noche, se encontraba esperándola en el bar del restaurante que habían convenido. Miró la pantalla en su pulsera; "parece que llegará en punto" pensó Alejandro evitando la mirada del encargado que le urgía pedir una bebida; no quería tener aliento alcohólico cuando por fin se encontraran. Después de los diez minutos más largos que había contado, y una vibración en su muñeca avisando que Martha estaba en la puerta del lugar, Alejandro se acercó a recibirla. Fue un momento incómodo; Alejandro se detuvo en seco en el momento que sus ojos se encontraron, ella titubeó un momento y caminó el resto del camino que los separaba, él trató de hablar pero descubrió que su boca estaba seca, extendió su mano en el mismo momento que ella se acercó para abrazarlo, los dos trastabillaron dando un paso atrás, ella casi tira a un mesero, él sintió una vibración específica en su muñeca avisándole que su ritmo cardiaco estaba elevado, hizo un gesto para que lo siguiera a la mesa pero ella estaba mirando hacia otro lado tratando de disimular el rubor en sus mejillas, él no se dio cuenta de eso hasta después de haber dado tres pasos, volvió para encontrarla confundida.

–Permítanme mostrarles su mesa. –Anunció divertido el empleado del restaurante. Ambos lo siguieron evitando cruzar miradas. "Soy un estúpido" pensaba Alejandro "después de este espectáculo, tendré suerte si quiere terminar la cena."; inesperadamente, sintió la delicada mano de ella tomando la suya. Se sintió mareado por un par de segundos, toda su sangre parecía haberle huido a la cabeza; exhaló por primera vez desde que le tomaron la mano. No encontró el valor para voltear a buscar los ojos de Martha; de haberlo logrado, se habría dado cuenta de que ella también evitaba los suyos.

Después de caminar durante medio minuto, Alejandro se preguntaba cómo había podido vivir durante treinta y dos años sin aquella mano tomando la suya; los largos, delgados y suaves dedos de Martha ejercían una ligera presión en su mano que se sentía tan natural como el respirar… e igual de imprescindible. Sin pensarlo dos veces, volteó para robar una mirada del rostro de Martha pero encontró que sus ojos habían tenido la misma idea; ambos sonrieron y sus pulseras emitieron la misma vibración desapercibida para sus muñecas, también pasó desapercibido que su guía se había detenido hasta que tropezaron con él; ambos soltaron carcajadas sin hacer lo mismo con sus manos.

La cena transcurrió rápidamente. Alejandro y Martha parecían conocerse de toda la vida; la conversación parecía interminable hasta que el gerente del restaurante se disculpó, informándoles que era hora de cerrar. Alejandro ofreció escoltarla en la caminata hacia su casa, puesto que ya era tarde, a lo que Martha accedió casi inmediatamente; ambos parecieron olvidar, o quizá ignoraron deliberadamente, que habían manejado al restaurante.

Ya amanecía cuando llegaron, tomados de la mano, a la puerta de Martha quien, sonrojándose un poco, invitó a Alejandro para darle a probar la mezcla de café de la que tanto había alardeado. Alejandro sonrió, la tomó de la cintura y se sentó con ella afuera de la puerta mirando el amanecer. Ninguno habló; observaban la belleza del amanecer como si fuera el último que disfrutarían. Cada color parecía el más vibrante que habían visto, el juego de brillos rojos y anaranjados reflejados en las ventanas parecía bailar con las que se tornaban transparentes para despertar a sus habitantes, las largas sombras de los edificios apuntaban a la pareja como si todo este espectáculo fuera para ellos; el sol asomó por encima de los edificios y ambos voltearon hacia el otro para proteger sus ojos de la luz. Alejandro encontró algo más bello que el amanecer en las facciones de Martha iluminadas por su luz, apretó ligeramente la cintura de ella y la besó. Ella lo besó de vuelta mientras se levantaba y abría la puerta principal. Entraron al dormitorio de Martha sin reparar en la ventana transparente e hicieron el amor hasta alcanzar el éxtasis juntos. En ese momento toda la luz pareció extinguirse y en la obscuridad se abrazaron.

Martha despertó a lado del aún durmiente Alejandro en un cuarto obscuro, se preguntó qué hora sería y la pantalla de su dormitorio le indicó que aún era de mañana, pensó en activar la ventana y nada ocurrió; fue entonces cuando volteó a la transparente ventana y se dio cuenta de que el sol se había extinguido. Asustada, despertó a Alejandro quien no reparó en la obscuridad por ver su cuerpo desnudo sacudiéndolo; se dio cuenta del pánico que la invadía hasta que intentó besarla.

La pantalla les informaba que, en efecto, el sol se había extinguido y nadie podía dar una explicación certera. Alejandro trató de calmar a Martha recordándole que no tenía dos décadas desde que los combustibles fósiles se habían agotado y lograron salir adelante, que sus bis-abuelos habían vivido el cambio climático y lograron salir adelante.

–Somos los seres más inteligentes del planeta y, por todo lo que sabemos, del universo. Tenemos electricidad, calefacción, hidroponía, carne clonada. Te prometo que saldremos adelante. –Martha simplemente se refugió en sus brazos.

Ese mismo día comenzaron los apagones; el 60% de la energía producida era de origen solar. La tierra se enfrió rápidamente y los vientos cesaron de producir energía eólica. Sin energía, tomó menos de una semana en extinguirse toda la vida sobre el planeta.


Parece que ya está listo el pan.

El beso

October 4'th 2012 10:20:45 pm

Mi cuerpo; un pozo que lentamente se va llenando con tus miradas, con tus gestos, tus risas, palabras y sonrisas; hasta que, finalmente, desborda dando a luz a un beso. El beso nace tan sorpresivamente para mí como para ti. Pronto, comienza a dar sus primeros pasos en la atracción que hay entre nuestros labios. Atracción que él llama hogar.

Como a cualquier padre, me parece que su niñez transcurre en un parpadeo cuando menos lo espero ya está invitando a una amiga, a quien llama caricia. Juntos, deciden salir de casa y explorar el mundo. Comienzan en el familiar jardín de tus mejillas y rápidamente se dirigen hacia el inexplorado territorio de tu cuello.

Es en tu cuello donde descubren que no todo el mundo es como su hogar. Se detienen a apreciar todas las sensaciones que ofrece este nuevo terreno. Sus aromas, sabores y su textura que parece cambiar con cada segundo que pasan ahí.

Algo llama la atención de nuestros exploradores: la majestuosa vista del horizonte, delineado por dos montañas que llamas tus senos. La caricia corre hacia esa imagen, como si su belleza pudiera desaparecer en cualquier instante. En contraste, el beso camina lentamente. Baja por tu cuello. Se desvía hacia tus hombros y con la paciencia de quien no quiere dejar un sólo bello lugar sin explorar, se abre camino hacia la planicie de tu pecho donde lo espera la caricia quien, temerosa, se limita a explorar las faldas de tus senos.

El beso, cegado por todo lo que ha descubierto, no duda y se dirige a la cima, seguido lentamente por la caricia. Al comenzar el ascenso, les parece que las montañas aumentan y disminuyen de tamaño con un ritmo que acelera llevado de la mano por el camino recorrido.

Es en la cima de tus senos donde el beso y la caricia descubren la extensión del mundo que provee tu cuerpo. ¡Tantos lugares tan hermosos qué recorrer! Apenas transcurrieron segundos ahí cuando el acelerado vaivén del terreno cambia abruptamente. El temblor comienza como una pequeña vibración que aumenta y disminuye de intensidad imprevisiblemente. La caricia y el beso se apresuran a bajar para explorar los territorios recién descubiertos cuando llega a mis oídos un susurro apenas perceptible: "Det-tente".

Abruptamente, el beso muere y sin él la caricia se desvanece en poco tiempo.

Fijo mi mirada en tus párpados entreabiertos mientras recuperas tu aliento. Cada uno de tus gestos va llenando el pozo de mi cuerpo y cuando, finalmente, abres tus ojos y me regalas una sonrisa mi pozo vuelve a desbordar en un beso.

La muerte e importancia de Julián.

March 25'th 2012 07:49:01 pm


Cualquiera pensaría que después de un cuarto de siglo en esta Tierra una persona habría ya experimentado todas las emociones existentes, sin embargo hoy descubrí otra. Parece encajar con aquella que ustedes llaman remordimiento.

¡Julián está muerto! -No, la voz pasiva es muy... ehm... pasiva.- ¡Yo maté a Julián! -Aún falta algo.- ¡ Yo maté a Julián y me enorgullecí! La vista de aquellos, azules y brillantes, ojos apagándose frente a los míos me causó una satisfacción indescriptible. No fue la primera vez que mataba a alguien tampoco la primera que mataba a un niño; fue la primera vez que maté por impulso.  

Hoy, bajo esta nueva luz, trato de encontrarle sentido a su muerte; me parece que fue un acto egoísta.  


Como ya sabrán, yo pretendo crear arte. Aquel infame día estaba terminando una, particularmente emotiva, pieza. Bajo cualquier parámetro, estaba completa. Yo lo sabía y aún así no quería que lo estuviera. Me sentía vacío, impotente. ¡No podía terminar así! Busqué frenéticamente cómo llenar ese vacío. Fue entonces que lo encontré. Su carita reflejaba la genuina inocencia de quien desconoce sus pecados, y sus ojos, sus azules ojos. Aquellos ojos parecían hipnotizarme. Poco a poco, todo lo que había en mi rededor fue desapareciendo: su carita inocente, su sonrisa confiada, y mi obra. La pieza donde había vertido mi alma desapareció dejando solamente esa sensación de vacío, y los azules ojos de Julián.  

Carentes de rostro, esos brillantes ojos perdieron su inocencia. Esos azules ojos personificaron el vacío en mí, la destrucción de todo mi mundo ¡De todo lo que amaba!  

En un berrinche digno de mi víctima, terminé con su vida pero aquel vacío no cedía. Asesiné a Julián, y terminé con todo su mundo, y arruiné la vida de sus padres, y asesiné a sus padres. Cuando por fin amainó mi arrebato, torné a mi obra. Estaba terminada.

Hoy, con remordimiento, me doy cuenta: aquel vacío, aquella impotencia que yo con tanto orgullo erradiqué, era mi obra.  

Quizá deba resucitar a Julián. 

La esfera de cuarzo

March 22'nd 2012 10:55:22 pm

Caminó con prisa pero con sumo cuidado hacia su escritorio de ébano. Era el día más importante de su vida, por fin había logrado pulir la última y más pequeña esfera de cuarzo negro, con ella completaría el lente de 7 esferas de cuarzos de diferentes colores, que, sucedidas unas de otras en el orden y la distancia correctos, conformarían el microscopio más potente que se hubiera conocido. Su mano sudorosa pero firme, posó la pequeña esfera negra en el compartimento vacío que la esperaba. Se sentó frente a su recién terminado aparato. A pesar de la gran expectativa que le causaba probar su nuevo invento por vez primera, quería que todo fuese perfecto. La habitación estaba poco iluminada así que fue a abrir las cortinas del gran ventanal que estaba a espaldas del escritorio; no le importó mucho la espléndida y apacible vista del pueblo: el cielo de azul intenso, el campanario de tejas rojas con la veleta de gallo y las montañas nevadas al fondo; su mirada nublada de pensamientos de toda índole científica y egoísta. Caminó de regreso al escritorio. Sacó su pañuelo rojo del bolsillo lateral de la bata que yacía en el respaldo del asiento, secó sus manos, su frente y su cabeza, ya entrada en calvicie. Dejó el pañuelo sobre el escritorio a un lado del microscopio. Se frotó las manos con emoción y se asomó al lente. Una imágen borrosa le recordó que tenía que realizar los últimos ajustes de distancia entre las esferas que fungían como lentes que amplificaban la imágen sucesiva y potencialmente. Con impaciente y forzada delicadeza realizó los giros precisos. Y ahí estaba la imágen. El portaobjetos vacío era en sí mismo un mundo maravilloso, las partículas que conformaban la estructura del fino vidrio, danzaban de un lado a otro y parecían desaparecer y reaparecer tan velozmente que era casi imperceptible su desplazamiento. Un escalofrío de emoción recorrió su espalda y lo hizo sacudirse. Su boca se inundó de saliva como excitada al sabor de la gloria que sus colegas científicos le rendirían en merecido homenaje. El cristal portaobjetos era fascinante pero no quería escribir notas acerca de un pedazo de vidrio, quería un objeto qué observar. Apartó con gran esfuerzo su mirada del lente hipnótico que le transportaba a la dimensión de la miniatura. Buscó sobre el escritorio pero sólamente había un lápiz, un cuaderno de notas y el pañuelo; nada realmente interesante. De pronto su mirada tropezó con uno de sus cabellos que se había quedado entre las fibras del pañuelo: su primer objeto de estudio había aparecido. Lo tomó con cuidado y lo posó sobre el portaobjetos. Se asomó y una vez más quedó cautivado con el microuniverso que su invento proporcionaba. Estructuras atómicas de diversa índole saltaban a la vista. Ajustó la distancia entre las esferas para acercarse más a un átomo en específico. Con sorpresa, encontró que la potencia de su invento era inimaginada aún para él mismo; estaba en lo profundo del núcleo de un átomo; las partículas ahí dentro se organizaban con un orden perfecto; al igual que las del átomo, poseían jerarquías entre sí. Una partícula central con otras girando en torno suyo. Esta vez no fué el núcleo, sumamente luminoso éste, lo que cautivó su atención sino una de las partículas subordinadas que lo orbitaban. Una vez más ajustó las esferas para enfocar dicho punto. Se sintió abrumado por la imágen que saltó a su vista; dicho objeto estaba como infestado de manchitas negras que crecían y se desplazaban sin control, como hormigas, lo observó un rato y le horrorizó la idea de una plaga habitando su cabello. Sin apartar la vista del lente, se rascó la nuca como en un reflejo por deshacerse de los insospechados inquilinos. Una vez más ajustó la distancia entre las esferas para ver más de cerca. Efectivamente, era una plaga de pequeños seres que parecían estar en grupos organizados. La terrible idea de una microscópica conspiración en su contra le cruzó por la mente y cegado por el pánico, tomó automáticamente el lápiz que estaba sobre el escritorio, acercó la punta al portaobjetos mientras con la mano libre ajustaba nuevamente las esferas para mirar de cerca a sus diminutos enemigos. Pudo divisar uno de sus asentamientos. Aún la afilada punta del lápiz era demasiado burda para las dimensiones que observaba pero no le importó; en un arranque arrasó con el asentamiento. Disfrutó para sus adentros el sonido imaginario del caos que propiciaba su intervención. Las memorias de la infancia de lupas y hormigas se reflejaron inconscientemente en su frenesí destructivo. No conforme con causar caos, decidió acercarse un poco más para ver perecer de cerca a sus víctimas. No dejaba de raspar los asentamientos con el grafito mientras con la otra mano hacía los ajustes pertinentes. El enfoque dió en un sitio despoblado, con elevaciones de puntas blancas como... De pronto reconoció la silueta de un gallo negro parado sobre una flecha. Un montón de tejaditos rojos... El ruido del ventanal cayéndose a pedazos a sus espaldas fue el detonador de una profunda revelación que habría alcanzado a comprender de haber contado con un segundo más de vida.

La primera subversión del purgatorio

January 19'th 2012 07:23:49 pm


A diario me levanto, me aseo, me visto y desayuno, tal como todos lo hacen. Mi casa es diferente cada vez. Siempre despierto a la misma hora, invariablemente solo y en un lugar desconocido y cada día más grande. Por instinto siempre busco a alguien a mi lado. Vacuidad. Comienza la caminata para encontrar la ducha, a veces largos pasillos, otras, amplios espacios abiertos; me es indiferente, solo busco lo que necesito. Abrir un guardarropa y elegir entre los absurdos gustos de alguien más, de talla idéntica a la mía. Abrir una alacena y comer lo que haya. Insípido. Al perder gradualmente mi capacidad de asombro, amplifico el tamaño de mi prisión. Tomo llaves y cartera. Salgo sin prisa y miro el número antes de irme, no hay nada alterable en los horarios de trabajo. Tal vez mi mirada se encuentra con la de algún vecino. No nos saludamos; las miradas son las del condenado a vida, no hay dolor o alegría que conmueva genuinamente nuestros corazones. Preferimos mirar hacia los zapatos, que tienen mayor mérito de nuestros actos que la propia voluntad. Nos dirigimos hacia el trabajo, que es el mismo, mas no uno en específico. Tal vez no nos volvamos a ver.

A veces le encuentro en un café o en un cine, a veces en una oficina o un parque, a veces es un hombre, a veces una mujer, no importa. Siempre le encuentro. No le conozco pero sé que es el indicado cuando lo veo por vez primera. Me acerco y le pregunto la hora, los últimos meses preguntar la hora ha sido el motivo para acercarme, realmente no me interesa cambiar eso, siempre funciona. El ingenuo me responde algo a lo que no pongo atención, mejor busco algún detalle en su apariencia para hacer un comentario a veces halagador, a veces desafiante; el cambio de procedimiento obedece más al hastío total que a la búsqueda de algo nuevo. Pues nada aquí lo es.
Debo mantenerle junto a mí, sé que no tiene algo más qué hacer, sé que acaba de llegar y que todo le es nuevo. Su distracción es mi aliada y su ignorancia mi cómplice. Siempre hay un pretexto para seguir juntos, el secreto está en evadir los silencios, le permito hablar y hablo siempre que calla. Digo cosas que le humillan y le hieren. No tiene a nadie más, así que no le queda otra opción más que tolerar. Todos son tímidos al principio. Le hago reír y finjo reír también. Luego, movimiento; no permanecer en el mismo lugar, caminar mientras se platica. Encontramos un lugar para estar un rato. Hablar más, reír más, humillar más, embaucar más. A la hora del almuerzo hay un lugar cerca, en todos lados. Me busco en los bolsillos, yo invito. Siemre hay mucho dinero que no es mío. Movimiento de nuevo, más palabras vacías, no sé si las suyas tienen algo, las mías sólo siembran las respuestas que quiero obtener. Movilidad y estatismo. Comida y dinero ajeno. Palabras y risas falsas. Al atardecer llega un beso, o unas palmadas amigables si se trata de un hombre. Ganar más confianza y embaucar más. Para la cena ya está en mis manos. No quiero, pero debo. Hoy fue una mujer jóven. Caminamos hacia el puente, las escasas parejas que nos encontramos iban hacia lugares diferentes pero hacia un mismo fin. No los miro. Ya era casi media noche cuando vino la hora de silencio. Fue después de un beso. Contemplamos el mar púrpura que se extendía frente a nosotros iluminado por el astro de la noche. Me puse detrás de ella y le susurré al oído -se que lo has pasado mal, pero ya termina. Dio la vuelta y me miró con una intriga temerosa. En el fondo todos saben de qué se trata. La tomé del cuello y la estrangulé durante dos eternos minutos de mirar mis ojos en su rostro desesperado y agonizante. Sé que soy yo.
Hoy regresé a casa y escribí esto, que pasa a diario. Pero hoy es diferente porque en vez de dormir y olvidarlo en algún lugar de esta casa, que mañana será otra más grande y diferente; salí a caminar para aventarlo bajo tu puerta. No sé quién eres, no sé si mañana serás víctima o verdugo. No sé si ya comprendes en qué proceso estás o qué significa esto y por qué se repite. Hoy lo he comprendido yo, y te aconsejo algo: no salgas de casa.

El triunfo de las armas

July 21'st 2011 06:58:18 pm

¿Alguna vez fui hombre libre, hombre civil? Hoy esas palabras suenan ajenas y hasta absurdas; tras una guerra larga, tal vez demasiado, han perdido su valor y su significado. Las balas mataron por igual a la gente, a la memoria y al sentido...

El objetivo comenzó siendo algún país enemigo, ya nadie recordaba desde hace mucho, pero es lo que decían. Cuando las taladrantes ametralladoras estaban por concluir su misión, otro enemigo apareció, un enemigo sin nombre y sin rostro, y los gatillos se activaron con renovada fuerza. Cazaron al enemigo sin rostro, lo buscaron en cada calle, en cada casa, en cada bosque y en cada cueva. Y lo encontraron. Así fue como muchos miles perecieron, dando nombre y rostro cadavérico al inexistente enemigo inventado.

Los deudos de niños alcanzados por balas perdidas fueron los primeros en notar, desde su perspectiva de sufrimiento, el nulo rostro de aquél enemigo, y descubrieron que era quien simulaba defenderlos el verdadero adversario. Tomaron  entonces éstos las armas y sin saber del todo cómo usarlas, dispararon contra el recién descubierto farsante, quien a su vez devolvió los tiros y redobló las muertes; mostró su verdadero rostro y soltó la marioneta para tener ambas manos libres y eficientar su masacre.

Indignados espectadores tomaron también parte en el combate y más muertes se fueron añadiendo a la ya interminable lista -que nadie nunca realizó-. Armas lustrosas fueron arrojadas desde helicópteros para la defensa. Dentro de la confusión del fuego y la sangre se mantuvo siempre ignorada la identidad de aquel dios que hacía llover armas.

Pasaron los años y los hombres no bastaron para acabar al oponente; el poderoso seguía defendiéndose y al otro lado de la trinchera, las armas y las municiones no faltaban, lo que faltaba eran combatientes. Pronto mujeres, luego niños fuimos protagonistas de estas guerras. Matamos y vimos morir por causas que ya nadie explicaba. Nadie necesita explicaciones cuando existe la palabra enemigo.

Cuando exterminamos al rival, las armas seguían lloviendo y nos pareció una revelación: era ese dios de los helicópteros y las armas, y las relucientes balas, el nuevo enemigo. Disparamos contra él, no sin recibir balas en respuesta. Una vez más sangre y fuego retomaron fuerza.

Para cuando terminamos con ese dios, nos descubrimos viejos e inútiles para cualquier otra cosa, y nuestra naturaleza bélica fue el único pretexto para iniciar la guerra entre nosotros. La última guerra.

Hoy, exhausto, recargado contra un árbol en la cima de una colina, veo arder los restos del último campo de batalla. Ya no quedan enemigos, no los he visto en días y me aseguro que soy el último sobreviviente de esta mal llamada  raza humana. Ahora que tengo un momento, por vez primera en la vida, para pensar; trato de resolver quién fue el verdadero triunfador de esta guerra eterna. Acaso yo mismo. O el arma en mi mano... Vienen a mi mente los rostros de todos mis enemigos muertos. Al final aparece mi propio rostro, y mi mano, mecánicamente, sabe cumplir cabalmente su última tarea.

La cigarra, la hormiga y Julián.

May 9'th 2011 04:02:10 pm

Julián era un niño feliz: Vivía con sus dos felices padres, tenía una bonita casa, era muy aplicado en la escuela y, lo mejor de todo, era el primer día de sus vacaciones de verano, así que podría salir a jugar al jardín todos los días, no sólo los fines de semana.

El jardín era el lugar favorito de Julián, un campo verde que, para sus ojos de nueve años, circundaba infinitamente su casa.

En algún lugar del infinito jardín había un hormiguero; donde vivía una pequeña, pero muy trabajadora, hormiga. Durante todo el verano la hormiga de Julián se dedicaba a recorrer el infinito jardín, que para sus ojos de hormiga; representaba el mundo, en busca de granos para almacenar. En sus numerosos viajes se encontraba con una cigarra que, sin una preocupación en el mundo, cantaba alegremente y comía lo que tenía a la mano.

Mientras más pasaban los días, más se preocupaba la hormiga: parecía que la cigarra no tendría qué comer en invierno. Decidió entonces trabajar el doble para poder ofrecer alimento a la cigarra cuando llegara la época de hambre.

Llegó el último día de las vacaciones de verano, Julián sabía que tendría que regresar pronto a la escuela y buscaba algo nuevo para hacer, antes de que el trabajo escolar le quitara todo su tiempo libre. Pensaba, recostado en el sillón, mientras el sol de medio día le pegaba de lleno en la cara. Julián intentó taparse los azules ojos con sus manitas, pero se cansaba rápidamente, no tuvo otro remedio que voltear su cara escapando de la ventana. ¡Qué brillante idea! Porque su mirada cayó directamente en la enorme lupa de su padre.

Julián tomó la lupa y salió corriendo a su jardín; buscando hojas secas que quemar, pareció olvidar que era verano y las hojas no podían estar más verdes. Caminó por, lo que parecieron horas; hasta que se topó con un pequeño montículo de tierra. Nunca había visto algo parecido, así que decidió explorarlo.

Se sentó junto al extraño montículo y, cuidadosamente sintió su consistencia: La tierra estaba dura. Recordó la lupa que tenía en la mano, y lo examinó más de cerca: parecía tener un agujero en la cima, y ¡hay hormigas entrando en el!

Los ojitos de Julián brillaron, como lo hacían siempre que planeaba una travesura. Alineó su lupa de manera que sólo refractara un pequeño puntito de sol; y apuntó a las hormigas.

Una tras otra las indefensas hormigas caían, muertas, a manos del otrora benevolente sol. Julián reía, las hormigas morían, después de un par de minutos, lo único que respiraba ahí era Julián. Sin saber qué hacer, ahora que no quedaban hormigas, examinó los cadáveres con la delicadeza de cualquier forense, veía cada detalle de sus chamuscadas patas a través de su lupa, un cuerpo en particular llamó su atención: Una hormiga, siendo la más pequeña, llevaba el cargamento más grande; cargamento que, a pesar de todo, nunca soltó.

Después de ver a esa pequeña hormiga, con las patitas quemadas al rededor de su cargamento, Julián sintió pesadez en el pecho, le costaba trabajo respirar y sus azules ojos se llenaron de lágrimas. Pateó el infame montículo, para eliminar la evidencia de su crimen, y corrió llorando a su casa.

Algunos meses más tarde: la cigarra de Julián no tenía comida, murió de hambre.

Algunos años más tarde, Julián se puso enfermo, murió de melanoma.

Algunos años más tarde, los dos felices padres de Julián no soportaban vivir en su bonita casa, se mudaron de país.

Algunos años más tarde, los dos felices padres de Julián no soportaban vivir...

A quien corresponda

February 3'rd 2011 08:47:05 pm

A quien corresponda:

    Antes que nada te pido una disculpa por quitarte tu tiempo, no te preocupes, seré breve; sólo quiero contarte la historia de mi vida.

    Nací en una buena familia, padre trabajador, madre devota y cada año, auto nuevo; de cualquier forma en la que nos vieran, éramos la familia perfecta. El problema era lo que no veían.

    Aún puedo oler su colonia barata, como todo lo que usaba conmigo; aún puedo sentir su sudor, goteando sobre mi pecho, sus golpes, lloviendo sobre mi cuerpo y su mano, apretando mis muñecas contra la cama; aún puedo ver la silueta de mi madre llorando borracha en un rincón del cuarto, debajo de un cristo crucificado. Después de veinte años eso es lo que vivo cuando cierro los ojos.

    A los doce años huí de casa, no tenía a dónde, no tenía con quién ir. Pasaba las noches durmiendo debajo de un puente y los días pidiendo limosna, a los dieciséis años lo vi por primera vez: golpeado, ensangrentado y tirado en medio de la banqueta; no me importó, continué sacando la cartera de una persona cualquiera.

    Cuando vives tu juventud en la calle aprendes nuevos trucos cada día, siempre hay una manera nueva de robar un reloj o alguna cartera, cada vez más secretamente que la anterior. Sin embargo, el siempre me observaba, juzgándome por no haberlo ayudado, invariablemente a distancia suficiente para huir si me le acercaba.

    Al cumplir veintidós años me harté de vivir en la calle. Decidí rentar, con el fruto de mi trabajo, un pequeño departamento. Era perfecto, aunque en esa zona humilde no podía encontrar trabajo, a menos de un kilómetro estaba una de las áreas más concurridas por su centro comercial, y lo mejor, el ya no me observaba, finalmente le perdí la pista.

    Todas las noches, cuando regresaba a mi casa, me acostaba en mi colchón y cerraba los ojos, recordando cada detalle de mi vida anterior, de mi vida con otras personas; hasta que por fin, el sueño me alcanzaba.

    No te sorprenderá saber que soy una persona solitaria, quizá lo adivinaste por esta carta sin destinatario, nadie quiere estar cerca de alguien como yo y, a decir verdad, no me interesa estar con alguien.

    El año pasado, mientras despojaba a un ejecutivo de sus pertenencias, lo vi de nuevo, caminando del otro lado de la acera, sin inmutarse de mi presencia, traté de no pensar en el, traté de seguir trabajando, pero no pude, estaba poseído por algo ajeno a mi. sentí nauseas; dejé el reloj y los anillos en el cadáver, y me fui, tambaleando a casa.

    Al día siguiente no quise salir, no podía dejar de pensar en el, había vivido diecinueve años en soledad, no sabía vivir de otra manera, no quería vivir de otra manera. No obstante su imagen me llamaba, igual a la primera vez que lo vi. No pude más y caminé a la misma esquina donde lo había visto la noche anterior.

    Esperé sentado en la banqueta... Desfilaban carteras frente a mi, relojes, bolsas, anillos, collares, y no llamaban mi atención, fija en la acera donde lo había visto, esperé... Se puso el sol,  esperé... cesó el desfile, esperé...

Esperé sin cerrar los ojos hasta que clareó la mañana, y algunas horas mas, no volví a mi hasta que vi pasar la primera bolsa de la mañana, de nuevo me sentía yo, cuidadosamente la aceché... cuando el momento era perfecto, me abalancé cual hiena sobre la primer gacela del año y justo detrás de su cara paralizada de miedo... lo vi, alejándose calle arriba.

    Dejé a la gacela, gritando por su vida, y lo seguí hasta su casa, entró dejando las puertas abiertas, titubeé un momento antes de seguirlo, fue suficiente, dentro, había una multitud de gente, no pude encontrarlo entre todos ellos. Sus invitados cantaban y hablaban acerca de el, siempre palabras de agradecimiento, siempre con amor en la voz.

    Salí decepcionado de ese lugar, con la cabeza llena de las historias que había escuchado, solo quería ir a casa, reconocí su voz, aunque no la había escuchado antes; me llamaba, no pude resistirlo y fui a su encuentro, le pregunté su nombre: “Jesus”, me contestó. Me dijo que me amaba, que a pesar de todo lo que me había visto hacer, me amaba. En sus ojos sólo veía cariño, en su voz dulce, sólo escuchaba compasión, me dijo que había esperado largo tiempo para que lo siguiera, y estaba feliz, porque al fin lo había hecho.

    Mi vida cambió a partir de ese día, dejé mi trabajo y pasaba mis días platicando con el, me daba consejos de vida, me hablaba de su padre y de un lugar maravilloso al que un día iríamos juntos, me decía que no le importaba lo que hubiera hecho antes de conocerlo, yo le creí, me enamoré de el.

    Cada semana que pasamos juntos me enamoro más, cada semana que pasamos juntos me impaciento más, yo quiero irme con el, pero me responde que aún no es tiempo, siempre confié en el, siempre le creí... Ya no puedo más.

    Ya no soporto este lugar lleno de sufrimiento, ya no soporto ese olor a colonia barata cuando cierro los ojos, me voy al lugar prometido, el puede alcanzarme luego.

Corbata

September 16'th 2010 10:32:42 am

Sale de la ducha refrescado y listo para comenzar otro día exitoso. Posa un momento para el espejo. Se sube a su banquillo y se cuelga de la barra de dominadas. Hace 30. Posa para el espejo una vez más.

Dándo los últimos rocíos de Routine en su cuello, abrocha los botones de su camisa blanca hasta llegar al último para ponerse su corbata; es un diseño innovador por supuesto, como todo un lider ejecutivo debe imponer siempre la moda, arriesgándose incluso a dar pasos importantes para llegar a ese fin y hoy está dispuesto a tomar el riesgo estrenando un diseño de su propia autoría.

Sale de su chalet tipo suizo en el auto recién comprado, un Prétentieux de lujo con tablero y detalles en ébano, asientos de piel de ternera, frenos ABS, doble tracción, sonido 5.1 y bolsas de aire.

Llega al edificio de su compañía, el hombre encargado de la pluma del estacionamiento lo saluda sonriente pero hay algo en su mirada que no se aparta de su nueva corbata. Está impactado, lo sabe.
Pasa por el lobby, saluda con una sonrisa a la jóven y bella recepcionista que siempre le coquetea. Siempre excepto ahora; está demasiado impresionada por la novedosa corbata que porta en esta ocasión.

Sube al elevador, el operador no sabe si voltear a los botones para elegir un piso y alterna su mirada asombrada entre la cara y la corbata. Finalmente logra regresar de su trance y completa su trabajo, olvidando decir buenos días; en otra ocasión lo habría mandado despedir por una falta tan grave a su persona, pero ese día estaba de buen humor y decidió ignorarla. De cualquier modo, el hombre sufrió una fuerte conmoción y hay que ser comprensivo.

Camina por los pasillos rumbo a su oficina, sonriente y agitando la mano como modelo en pasarela; sintiendo el aromático vaho de las miradas mezcla envidia, mezcla fascinación, sin mirar directamente a nadie. No son dignos.

Entra a su oficina, dejando tras la puerta el bullicio de las castas laborales inferiores. Revisa desenfadado la correspondencia... invitaciones, propaganda, propuestas de negocios y mediocres revistas rivales. Nada de interés.

Sonríe mientras mira el último número de su revista: FauxFaçade, recién impreso, en una bolsa de celofán sellada, con olor a nuevo y cada página con un delicado esmalte mate, listo para arruinarse ante los primeros dedos que lo tocasen. Los suyos. Rasga con menosprecio el celofán y la hojea sabiendo de antemano cada palabra y cada imágen publicadas, pero por el puro gusto de verla y palparla como objeto físico.

Su secretaria solicita permiso para pasar a dejarle un mensaje personal. El mensaje está escrito con lápiz labial carmesí en una servilleta y lee "Tu corbata es ridícula, ólvida la cena, ólvida cualquier posiblilidad". Él sabe de quién se trata, es ella y si ella piensa que la corbata es ridícula, lo es. No puede ser, todo mundo estaba encantado con la corbata, faltó poco para que le aplaudiesen como a un orador persuasivo. ¡Ésa perra! Toma furioso el reloj de escritorio y lo arroja contra el cuadro de su abuelo, maldice su extravagancia heredada. Sale al pasillo tratando de fingir que nada pasa pero los ojos inyectados y la vena palpitante enmedio de su frente lo delatan, escucha risas y busca inquisidor con la mirada, ¿es su corbata? ¡¿Es mi corbata?! Nadie responde, no está seguro si es que lo preguntó o lo pensó, se siente estúpido por primera vez en su vida. Se dirige al elevador, presiona una... dos... tres... muchas veces el boton para llamarlo. Maldita sea, ¡¿tarda siempre tanto?!. Se escuchan más risas sin dueño que sólamente le crispan los nervios aún más. No está dispuesto a hacer una escena ahí frente a todos los empleados insignificantes así que opta por la escalera. Aunque sean muchos pisos. Llega al sótano con notoria agitación. Busca en su bolsillo las llaves del Prétentieux, que resbalan de su mano justo frente al vehículo, justo frente al intendente del estacionamiento quien lo mira atónito. ¿Mira el sudor?, ¿mira la corbata?, ¿mira la palpitación involuntaria en su párpado inferior?... ¡¿Qué miras imbécil?! Esta vez está seguro que lo gritó porque el eco resuena en todo el sótano. El subalterno agacha la cabeza y sale huyendo de la escena, temiendo por su empleo.

Sube al auto. Lo enciende. Se escucha el 5.1 a un volúmen molesto. Una música incómodamente inapropiada para el momento. Golpea el volante y le irrita el dolor que su propia ira le infringe a la blandura de su ser.
Su cuerpo maneja automático rumbo a su casa mientras su cabeza divaga entre la humillación y el rechazo. Una soga es algo original, es algo conceptual pero ellos no entienden, son estúpidos... o ¿soy estúpido yo?...

Al llegar a casa se sirve un trago de brandy fino y se echa en el sillón del abuelo. El olor excéntrico del abuelo trae de vuelta y potenciados todos los motivos de su furia, se levanta y se mira al espejo. ¡La corbata es una estúpida soga! ¡¿en qué estaba pensando?!. Arroja el vaso en un errado disparo con intención de quebrar el espejo.

Voltea hacia arriba e, iluminado en un salvaje arrebato, sube a su banquillo y se cuelga de su barra de dominadas...

Muerte de laboratorio

September 12'th 2010 08:54:50 pm

Sintió que la vida se le escapaba. En un intento desesperado trató de recordar una oración para aferrarse a algo más grande que su conocimiento científico. Fue inútil; no sabía ninguna, lo único que podía hacer era mencionar a Dios en un atropellado brote de palabras sin sentido ni conexion unas con otras.
Se escuchaba el fluir del arrollo a unos metros, unos grillos entonaban su monótono llamado al apareamiento. Los grillos se iban a aparear, él iba a morir. Amanecería en unas cuantas horas pero él no estaría ahí para verlo. Se sintió de pronto tan insignificante, sintió que todos esos años en el laboratorio habían sido un desperdicio. La culpa lo carcomía en una vertiginosa exhibición de imágenes horribles de cosas que ni él sabía que había hecho.
Escuchaba los latidos arrítmicos de su corazón y sentía en el cuello su sangre caliente manando sin control, las piedras sobre las que yacía estaban heladas y eran, sin duda, las más punzantes que había sentido en su existencia. Se llevó las manos a la garganta, tratando de contener la hemorragia pero era imposible. Iba a morir...

-Es suficiente. Escuchó

Sus manos aún estaban temblorosas y sentía escalofríos y un sudor helado en todo el cuerpo. Así, temblando y con la respiración agitada, se quitó el casco y dijo:

-Sin duda es una experiencia muy realista. El mejor simulador de muerte que he probado. Lo compro.

Los primeros seis minutos

April 21'st 2010 09:43:04 am

Me despierta una incesante alarma, no parece ser mi despertador, abro los ojos y una luz brillante me ciega por un momento. Es la luz del sol de un frío mediodía; todo el cuerpo me duele, supongo que es por haber dormido en esta banca de parque.

Lenta y dolorosamente me siento y llevo mis manos a la cara, percibo un desagradable olor a sangre, estoy cubierto en ella. Por suerte, esta vez parece no ser mía.

La alarma sigue sonando, un poco más lejana, la reconozco como el sonido de una sirena, ¿Ambulancia?, ¿Bomberos?, ¿Policía? No, no es una patrulla de policía, esas las conozco a la perfección; acercándose, alejándose, estáticas a pocos metros de distancia, por dentro.

Decido seguir el sonido, aún cuando cada repetición de éste se siente como un martillo en mi cerebro, busco en mi bolsillo derecho el analgésico que siempre cargo, sorprende a mi tacto un frío metálico... Es una pistola.

Me acerco a la sirena, lentamente, tratando de sobrellevar el dolor, como un insecto es atraído a una luz brillante, no puedo pensar en nada más, no en la pistola que llevo en la mano, no en la sangre seca que cubre mi cuerpo, no en las gruesas y espesas gotas de sudor que resbalan de mi sien. Solamente existe el dolor y el sonido de la sirena, acercándose con cada paso que doy.

Puedo distinguir un grupo de gente al rededor de las brillantes luces rojas de la ambulancia que despide el hipnótico sonido. Me abro paso entre la gente, nadie parece notar mi presencia, la atención de todos está fija en la banqueta: Un niño, de edad no muy distinta a la de mi propio hijo, yace boca abajo, su pijama rota, su carita desfigurada a golpes y un halo de sangre alrededor de su cabeza. Me hace pensar en las imágenes de los mártires de la iglesia.

Cerca del niño un charco de sangre más grande emana de la cabeza de un hombre, vestido de un negro luctuoso y con una pistola en la mano, el morbo me obliga a acercarme más, a buscar su cara, sucia, excepto por el camino que marcó el llanto a través de ésta. Reconozco esa cara: Es la mía.

Otra gota de espeso y grueso sudor resbala de mi sien. Tras siete años de cáncer, es momento de ir al funeral de mi esposa.

Olor a Muerte

August 13'th 2009 07:46:50 pm

Después de unos días de descanso fuera de la ciudad, retornamos a casa.

Al cruzar el umbral se hace notorio ese olor, olor a muerte. La casa está desierta y obscura. Las moscas hacen festin entre el vapor de putrefacción que inunda la atmósfera. Me tomas de la mano con fuerza. Caminamos por el pasillo que se hace interminable. La habitación con la cama destendida, la cortina agitada por el viento y  la ropa tirada en el suelo le da un toque tétrico a la escena que nos hace esperar lo peor. Me apresuro a cerrar la ventana. Nos miramos con temor. De regreso al pasillo eterno. La habitación del abuelo. Un escalofrío recorre lentamente nuestras espaldas, como si su dedo helado nos recordara su reciente muerte. El baño y su indiferente apariencia de pulcritud. La gotera en el lavabo construye una percepción penosa del tiempo. Nos miramos una vez más. Ya sólo resta la cocina. Al acercarnos el bullicio de un hervidero de moscas delata lo abominable.

Los restos de ambas en la mesa, con trabajos podemos reconocerlas. No les puedes quitar la vista de encima. Cubres tu boca abierta por la náusea, tus ojos se inundan de lagrimas de asco. Y gritas: ¡Te dije que tiraras a la basura esas malditas hamburguesas antes de salir!


Afortunadamente el cadáver del abuelo permanece en el refrigerador.


Muñecas

June 17'th 2009 09:46:54 am

Esta es la historia de un pequeño niño llamado Normalito. Él tenía una hermana varios años mayor y para cuando Normalito cumplió 5 años, su hermana ya se había ido a vivir aparte. Los 5 años fue una edad decisiva en la vida de nuestro pequeño protagonista ya que fue el tiempo en que descubrió en un viejo closet la colección de muñecas de su hermana. Fue sacando una a una las muñecas, las observaba a detalle y las colocaba con extrema precaución sobre la cama para no causarles daño alguno. Desde ese momento a Normalito le encantaron las muñecas. Y no por que tuviera algun tipo de desviación en su orientación sexual sino porque le gustaban las muñecas y ya.... Malpensados.

La hermana de Normalito tenía una obsesión por el cuidado extremo de las cosas entonces todas las muñecas estaban como nuevas. Desgraciadamente Normalito no compartía esa obsesión; muy por el contrario, Normalito era un niño bastante descuidado. Ese fue todo un reto ya que si quería jugar con las muñecas tendría que ser muy cuidadoso para no destruir lo que no le pertenecía. Ese no era el único reto; también se las tenía que arreglar para sacarlas y jugar con ellas sin que nadie lo notase ya que, a su corta edad, Normalito tenía bien claro que era mal visto en un niño el jugar con muñecas.

Pasaron los años y Normalito seguía con su pasión secreta por las muñecas, las cuidaba tan bien que las veces que su hermana llegó a visitar su casa y revisar su colección, no notó alteración alguna en el estado impecable de sus dichosas muñecas. Un día hubo en su casa una fiesta con motivo de la navidad o de lo que sea. Lo importante es que ese día Normalito tenía incontrolables ganas de jugar con las muñecas así que buscó cualquier pretexto para desafanarse de todos e ir al viejo closet a sacar las muñecas, años de jugarlas a escondidas lo habían convertido en un experto. Lo único con lo que Normalito no contaba era con que su hermana lo había visto sospechoso y había decididio segirlo y espiar qué hacía. Al descubrirlo sacando su tesoro de la infancia, hizo tremendo alboroto que todos en la fiesta corrieron a ver la escena de un niño de diez años sacando muñecas con enorme cuidado y a su hermana mayor gritándole. Normalito tuvo que confesar entre llanto su gusto por las muñecas de su hermana y cómo todos los días desde los 5 años hasta entonces, las había sacado para jugar. Todo mundo se conmovió, incluso su hermana y en honor a la fiesta -y al desmesurado cuidado que Normalito había demostrado tener con sus muñecas-; decidió regalárselas. Fue el día más feliz en los diez años que Normalito llevaba de vida.

Un año después las muñecas estaban reducidas a jirones -las que habían tenido suerte- desde el momento en que Normalito pudo clamar suyas esas muñecas comenzó a tratarlas como trataba al resto de sus cosas: mal.

*

Un buen día Normal (ya señor) tuvo, entre todas sus ocupaciones laborales, un momento para hacer un recuento de los recuerdos gratos de su vida. Recordó lo más reciente primero: el nacimiento de su hijo, su boda, cuando conoció a su esposa, cuando se hicieron novios, cuando su hermana le regaló todas sus muñecas... Se preguntó qué había sido de sus muñecas.

Al regresar a casa Normal tuvo que hacer frente a los acostumbrados reclamos de su mujer. Afortunadamente ese día las cosas acabaron "bien" y tuvieron su habitual sesión de sexo de los jueves con sus respectivos orgasmos mediocres. Lo único que se salió de lo ordinario es que Normal se quedó toda la noche tratando de recordar el paradero de sus muñecas en vez de quedarse dormido como siempre.

A la mañana siguiete Normal decidió que ese día no iría a trabajar, y en lugar de tomar la ruta acostumbrada a la oficina, tomó la carretera que lo conducía al pueblo de sus recuerdos donde estaba la casa, ahora abandonada, de sus padres y aquel closet con las muñecas. Cuando llegó se sintió invadido por un torrente de recuerdos, cada detalle estaba como él lo recordaba, claro, bajo una considerable capa de polvo. Los olores lo remitían a tiempos lejanos, siempre de más felicidad porque, como es bien sabido, las vida diaria se va volviendo tan gris y desabrida que los recuerdos tienen más gracia y uno prefiere enfrascarse en ellos que en lo que está viviendo en el momento. Está bien, eso no es bien sabido. El punto es que después de superar el impacto de recuerdos, Normal se apresuró a la habitación con las muñecas, abrió las puertas del closet de par en par con gran expectativa y emoción por reencontrarse con las muñecas que le habían traido tanta felicidad en su infancia... pero la ilusión se le desinfló cuando encontró vacío aquel mueble. Sus neuronas por fin hicieron la sinápsis correcta y regresaron a él los recuerdos bloqueados de una llamada de su madre para avisarle que había tirado a la basura los jirones que quedaban de las muñecas, en su momento él no le dió importancia al asunto porque estaba ocupado con cosas de la oficina pero ahora todo tenía sentido.

Sumamente decepcionado, Normalito tomó el camino de regreso a casa. Estaba tan confundido. ¿Por qué había permitido con tanta indiferencia que su madre tirara algo tan valioso?, ¿En qué momento había dejado que aquellas muñecas tan celosamente guardadas se convirtieran en pedacería horrenda? Una vez más todo tuvo sentido cuando llegó a casa y encontró el closet de su esposa y el de la habitación de su hijo vacíos. Encontrar una nota habría sido redundante.

360 parte 1: El cumpleaños de Claudia

May 17'th 2009 01:02:00 pm

-¿Eres feliz?

-¿Qué? -Preguntó Rodrigo prestando más atención a la Glock brillando frente a su cara, que al enmascarado que le hacía la pregunta - Creo que es una G21, si, calibre .45, automática - pensó.

- Te pregunté: ¿eres feliz?

Rodrigo regresó de sus cavilaciones, no esperaba esa pregunta, mucho menos desconocer la respuesta. Hace algunos meses habría contestado, convencido, sin titubear y con un tono de falsa modestia "Por supuesto que soy feliz, ¿acaso tu no?" pero hoy no, muchas cosas han cambiado en poco tiempo. Regresemos un poco (tres meses y un día exactamente) para tratar de responder esa pregunta.

Son las seis de la mañana y Rodrigo siente una, casi olvidada, vibración en su muñeca izquierda, decide ignorarla y seguir durmiendo, después de todo, falta una hora para el tiempo designado, por su meticulosa rutina, para despertar. Pasan cinco minutos y su reloj de pulsera vibra más fuerte; en ese momento lo recuerda todo, esa alarma sólo se activa anualmente, el segundo día más importante del año, 14 de marzo, cumpleaños de su amada Claudia.

Sigilosamente sale de la cama para no despertarla, desliza sus pies en las pantuflas y baja los tres pisos que lo separan de la cocina - El sonido del elevador podría despertarla - piensa Rodrigo; en realidad ese es uno de los tantos puntos cuidadosamente planeados y perfeccionados durante siete años de matrimonio, recuerda riendo (a bajo volumen, por supuesto), el primero; arruinado antes de que empezara, por el despertador que también la despertó a ella; ese mismo día, regresando del trabajo compró su reloj de pulsera con alarma vibratoria.

De regreso en la habitación, Rodrigo se sienta en el diván, observando a Claudia dormir y a los minutos de su Radio Reloj caer lentamente. -Es tiempo de despertar Claudia - murmura, con voz dulce al oído de su amada, antes de morder juguetonamente su oreja, cuando el número 44 da paso al 45.

Claudia despierta, con una sonrisa de oreja a oreja, puesto que sólo un día al año Rodrigo la despierta así, mira emocionada a su alrededor, buscando una gran sorpresa, pero no encuentra más que una charola con su desayuno preferido (Omelette de setas y queso azul acompañado por pan de ajo untado con mantequilla y caviar de beluga), dos copas, una botella de champagne, jugo de naranja y una delgada cadena de platino. Lejos de decepcionarse por éste sencillo inicio de su cumpleaños Claudia se emocionó.

Desde hace siete años Rodrigo y ella han tenido una callada competencia: Rodrigo planea algo espectacular para su cumpleaños y ella tiene tres meses exactamente para mejorarlo en el cumpleaños de el.

Claudia fingió no notar la sonrisa divertida de su esposo al verla mirar emocionada alrededor, sonrió, tratando de fingir que no sabía que la esperaba una sorpresa más grande, besó a Rodrigo y ambos desayunaron en la cama. Al terminar el desayuno se desnudó, seduciendo a Rodrigo con su atlético cuerpo, vistió su cuello con la nueva cadenita de platino y entró a la regadera; dos minutos después, se le unió Rodrigo, quien puso sus manos en la cadera de ella y lentamente las subió, acariciándola hasta llegar a su cuello, la desnudó de la cadenita, su única prenda, y le insertó un dije de perla negra en forma de lágrima, que había escondido en la jabonera, Claudia sonrió cuando le volvió a colocar la cadena - Ahora si va hacia algún lado - pensó.

Cuarenta y cinco minutos después Rodrigo arrancaba su Jaguar y se dirigía hacia las oficinas del prestigiado banco en donde trabajaba.

Saludó cordialmente a Jorge, el vigilante, y llamó a su elevador, ya en el piso 23 saludó a su tentadora secretaria, puso agua en la maceta, que parecía no poder mantener nada vivo por más de dos semanas y caminó a su escritorio para trabajar como todos los días. Después de diez minutos Jennifer, su secretaria, entró llevando su café espresso y sus recados.

Un objeto en la charola de los recados captó la atención de Rodrigo: un pequeño diamante acompañado de una nota. Rodrigo intuyó inmediatamente el significado de eso. Uno de sus 35 invitados (no le importaba quién) no podría acudir a la fiesta de cumpleaños de su esposa; 35 años, 35 invitados, 35 diamantes; ¡no podía faltar uno!

-No hay una sola persona en mi agenda a quien le pueda hacer una invitación con 8 horas de anticipación - se dijo a si mismo cuando su secretaria le anunció una visita, Vicente Rivera, el nombre le parecía remotamente familiar y mandó que lo pasaran a la antesala de su oficina.

-¡Gordo! - gritó riendo Vicente al ver entrar a Rodrigo - parece que ese apodo ya no te queda, alguien ha aprovechado el gimnasio de la empresa, ¿verdad?

Rodrigo reconoció inmediatamente a Vicente, un viejo y extraño amigo de la juventud.

-¡Chente! - respondió, riendo también, mientras le extendía la mano para saludarlo - Eres la única persona que se puede ver desarreglado vistiendo un traje de más de cuatro ceros.

Vicente rechazando la mano que le ofrecía Rodrigo lo abrazó efusivamente, como solían hacerlo en los viejos tiempos; para Rodrigo eso fue toda una experiencia, no sabía que era eso, pero estaba seguro de lo que no era: un abrazo, esos los conoce bien; un apretón de manos, pasar un brazo por encima del hombro, el otro por debajo, dos palmadas amigables, otro apretón de manos y arreglar el traje que se desacomodó. Ésto, sin embargo, tenía una calidez propia, carecía de formalidad, de frivolidad, no era sólo un abrazo, la sensación le recordó todos los momentos que habían pasado en la juventud.

-¿A quién le importa el precio de un traje Gordo? - dijo Vicente después de ese largo abrazo - Sólo uso lo que los payasos de arriba dicen que tengo que usar - Comenzó a reír - ¡Aunque al parecer tu eres uno de ésos payasos!

Estuvieron hablando largo rato, Vicente le contó que, desde hace un par de meses, trabaja cinco pisos más abajo que el, en el área de diseño, que notó su nombre mientras revisaba unos Brochures que su área terminó la noche anterior e inmediatamente subió a investigar cómo había sobrevivido en los últimos 8 años.

Cuando llegó el momento de intercambiar datos personales Rodrigo sintió el diamante en su bolsillo, y sin pensarlo dos veces invitó a Vicente a la fiesta de ésa noche.

-Claro -contestó Vicente- pero la próxima semana haremos lo que yo escoja.

-Es un trato.


Too Cool for Internet Explorer